Cuento de fiesta
La fiesta es en un local unido a un estudio. Miro a mi alrededor y veo a amigas que se drogan y beben y después señalan con el dedo al que se droga y bebe demasiado. Me veo a mi misma entre esas amigas. De camino me he tomado un hongo. Lo veo todo igual pero con más brillo. Estoy en el estudio dentro del local, es decir, estoy en una parte del local que no consideran parte del local porque han decidido cambiarle el nombre, llamarla estudio, quitarle las bombillas, esparcir espejitos circulares por el suelo donde han escrito rayódromo con un rotulador fluor, y, de ese modo, han creado una división que ellos mismos han denominado cielo-e-infierno, y que han señalizado con unos cartelitos clavados en el marco de las puertas.
Una persona que no sé quién es pero tiene pinta de escultora o de galerista, me dice: que estés aquí, en el estudio, dice mucho sobre tí.
—¿Ah, sí?
—Refleja la segmentación de lo visible y lo invisible que caracteriza tu forma de relacionarte.
—Ah.
—No hace falta conocerse para conocer al otro.
La fiesta toma una forma segmentada, se ha convertido en un jueguecito del pañuelo con unos vestidos de blanco y otros de negro. A un lado están los que hablan y al otro los que bailan. Ahora no sé en cuál estoy porque la división aún no ha tomado lugar.
Llega Laura, un poco alterada, o enfadada, no sé.
—Ya me he enterado, estaba esperando a que me lo dijeras—me increpa.
Siento la goma del tirachinas estirarse.
— TÍA. Es que no cuentas nada.
Sonrisa y silencio.
La china se estampa contra mi mejilla y sonrío de medio lado.
Es que, es que soy tímida, joder. O quizá no me apetece contarte mis secretos porque aunque seas mi amiga no me fio de ti.
—¿Me acompañas al baño?—le pregunto.
De camino noto mucho calor en el moflete. Me bajo los pantalones, me apoyo sobre la taza, me cuesta que salga el pis pero al final lo consigo. Laura lleva una falda negra con flores amarillas, se la sube y hace pis sin problema. Tiene el coño depilado, como un tobogán sobre el que podrían deslizarse figuritas en miniatura. Mi pis apesta a cerveza, el suyo no huele a nada.
—Qué rara esta fiesta, ¿no? —le digo sin decirle que voy puesta de setas, que le veo la piel doradísima, que me da reparo reírme en exceso, y que mi reflejo en el espejo me parece el de otra persona.
—Tengo microdosis de LSD y media pastilla de 2cb en el bolso—dejo caer.
Quiero que se tome algo conmigo porque quiero tomarme algo pero me da vergüenza decirle: ¿quieres?, que me diga que no y quedar de drogadicta. Me miro en el espejo y veo mucha piel blanca, una nariz ligeramente torcida y una mata de pelo oscuro.
—Yo me fumo un piti y me voy a casa—dice.
Siento una agitación sacudirme el pecho. Quiero drogarme más y bailar hasta las once de la mañana pero no quiero hacerlo sola.
—Vale —respondo. —Me acaba de escribir Irene—digo mientras leo whatsapp.
Cuando llega Irene siento su olor a vino, sus ojos verdes y sus labios cortados.
—Menos mal que has venido, tía.
La abrazo.
Nos hemos abrazado a las 11 de la noche y ahora son las 4.30 de la mañana. Vamos borrachas. Hemos bebido cerveza y después vino naranja y después mezcal y ahora más cerveza. Parece mucho pero no ha sido tanto o por lo menos no ha sido para tanto. Nos mantenemos de pie. Las drogas combinan genial con el alcohol y podemos bailar y hablar. Estamos en la parte del local: baldosas en ajedrez, sofás baratos que parecen caros, alfombras caras que parecen baratas, la reja metálica está bajada y la persiana está subida. Al final iba a tener razón la galerista con la mierda esa de la segmentación, pienso.
Irene se ha tomado dos rayitas, como las llama ella, rayitas, ha dicho con su acento canario, y me cuenta, con los ojos muy abiertos, su pelo rizado botando, y los índices de sus manos moviéndose en círculos, que su madre ha tenido episodios esquizofrénicos fuertes, que su hermano es adicto al sexo y que a su novio no le gusta follar.
—Me siento sola—concluye, entre angustiada y sonriente.
Pienso en corresponderle, en decirle que mis padres fueron adictos y que yo también me siento sola. Pero no lo hago sino que le pregunto y le pregunto y le pregunto hasta que mis preguntas se vuelven torpes y aburridas y no dan pie a una conversación interesante ni emotiva ni a una conversación siquiera. Para que eso se dé debería sentarme sobre su mismo suelo y poner las verdades en el centro al igual que lo ha hecho ella. Ofrecer algo, abrir las manos y tirar unos papelitos a la hoguera. La timidez me reprime y me tira hacia atrás. Con casi treinta años la timidez ya no se llama timidez sino mala educación, me dijo una vez mi madre.
—¿Bailamos?
—¿Una rayita?
En la pista de baile: una chica. La miro. Va vestida con un vaquero blanco de tiro muy bajo y una camiseta apretada de Betty Boop. Me pone. Con los pies anclados al suelo mueve las piernas y con las manos se acaricia las mejillas y se toca los hombros y se abraza y sus manos, autocompasivas, autoindulgentes, se desploman sobre los brazos de su amigo al que le dice que le quiere, que le quiere, que le quiere mucho, y que los amigos son lo mejor de este mundo. El amigo saca entonces un cartucho negro de un carrete viejo, lo abre, mete una llave y se la acerca a la nariz. El hado de la keta. Me gustaría que me ofreciera pero me da cosa pedírselo.
Pienso en la media pastilla de 2cb que tengo en la cartera.
Voy a por un vaso de agua y al volver veo que Irene está bailando con la chica.
Voy al baño.
Cuando salgo cruzo al lado del estudio.
La gente habla y habla y fuma y habla y habla y todos parecen muñecos articulados por un resorte. No sé si de sus bocas salen verdades o secretos o verdades que esconden secretos o mentiras teñidas de verdades. Alguien pinta rayas sobre la pantalla de su iPhone. Está enseñando en Google Maps la isla de Chiloé. Aquí vive mi padre, dice mientras hace zoom sobre una imagen satélite que muestra las torres grises de un castillo. Ahora mi padre es pastor, continúa. Fuma marihuana y hace pilates. Algo en su tono de voz me suena falso aunque me da igual porque no me está hablando a mí. Observo cómo hace zoom estirando sus dedos entre las rayas. Veo cómo al esnifar una raya deja un lago a la vista, y al esnifar otra, un arroyo que parece una serpiente. Su amigo esnifa otra y sobre la pantalla del iPhone se ve todo el archipiélago.
Saco una lata de cerveza de una piscina de bebé llena de hielos y me la bebo en apenas quince minutos.
Al rato me hago pis y vuelvo al baño. El agua con jabón chorrea entre mis dedos. Enjuago las burbujas blancas que se me han quedado entre los anillos.
Vuelvo a la pista y veo a mi amiga morreándose con Hello Kitty.
Con Betty Boop.
No me despido.
Mañana me contará.

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