Engaño invernadero

Siempre tuve las caderas anchas. En el recreo me hacían parecer más mayor y me permitían camuflarme entre las chicas de Bachillerato. En clase vestir aquellas jarras era más complicado; las sillas se me quedaban pequeñas y me costaba mantener el equilibrio. 

Las señoras de la sección uniformes del Corte Inglés me decían que tenía mucha suerte. Tendrás unos partos fantásticos, cariño. En aquel momento no sabía si quería tener hijos pero me parecía un buen argumento mientras pagaba con mis corticoles. 

El verano siguiente tuvimos la mejor cosecha de todo Almería. Salieron sandías a punta pala. Nunca habían salido tan verdes, tan grandes. Fue como si aquellos vaticinios de las dependientas se hubiesen cumplido. Unos partos fantásticos. Sus palabras me azotaban cada vez que me paseaba sobre las colchonetas de nuestro mar de plástico, cada vez que los silbidos de los espantapájaros me adulaban, o los discos que colgaban de las ramas se giraban por el viento y me devolvían ráfagas de luz. Tal vez que se me fuesen las vergüenzas de golpe y por primera vez lograse pasearme ufana por aquellos desiertos blancos fue gracias a ellas. 

Cuánta euforia. Jamás he vuelto a sentirme igual. Recuerdo mis ganas desmedidas de mordisquear todas aquellas sandías. Tan ricas. Soñaba con saborear su líquido rosa y pegajoso. Con mancharme el escote. Y también con el hijo de nuestro vecino Manolo, chupando aquel sirope que bajaba hasta mi pecho. Manolito iba a mi clase. Paqui, su madre, se pasaba las tardes con la mía. Como nosotros, tenían una empresa de frutas y hortalizas. Se llamaba Paqui y Manolo S. L. 
Hay que ver con la mujer de Manolo, tan de pueblo y a la vez tan feminista.

Creo que fue en medio de aquel sueño lucido cuando llegó mi madre (que si bien tenía ramalazos de moderna, jamás llegaría a ser tan feminista como Paqui). Entró sin llamar a la puerta y me dijo una frase que entonces no llegué a comprender. 

-Hija, ven a ayudarme a pelar las judías para la cena. Oye, ¿en qué estabas pensando? Cambia esa cara y ándate con ojo. Ya sabes que aquí y en Loja, la que no miente es porque es coja. 

Esa noche - y el resto del verano - hubo melón de postre. Resulta que habíamos exportado todas las sandías a Francia y Alemania. 

Al final los consejos señoras del Corte Ingles, las sillas a medida, y las braguitas talla 40,
 no me sirvieron para nada. Si ya sabía yo que no quería tener hijos. Seguro que con mi suerte me lo iban a cambiar en la Maternidad. 






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