Nos lo cambiaron
Al día siguiente hacíamos como si nada hubiera pasado, como si Leo no hubiese cambiado todas nuestras lámparas de sitio, desparejado los calcetines de nuestros cajones o arrancando todas las páginas que contenían el número tres de los libros de la estantería. Pero a las nueve de la noche, cuando nos sentábamos a cenar y nos mirábamos a los ojos, la angustia por pensar que el alma de nuestro hijo había sido suplantada nos rompía la córnea en pedazos. Alguna vez, mientras alcanzaba un kleenex para secarme las lágrimas, le vi espiándonos por la puerta entreabierta. Hacia algo raro con la mano, como rascándose la encía…

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