Biblioteca folclórica

Lleva unos pantalones viejos de chándal y unas zapatillas rojas. Sus cordones están desatados. Tiene un pelo muy bonito. Castaño, rizado y con mechones rubios. Está sentado en las mesas de los ordenadores.

Observa ensimismado videos de YouTube. Acerca mucho la cara a la pantalla. Pero no se da cuenta de que el cable de sus cascos se ha desenganchado de la pantalla. Ahora su música suena a todo volumen por la sala. La gente levanta la mirada y le mira. Están irritados y chasquean sus lenguas. Se miran entre ellos como buscando la complicidad que no logran encontrar el resto de sus días. El de rizos todavía no se ha dado cuenta. Continua mirando absorto la pantalla. Mueve el pie al ritmo de la música japonesa, como de dibujos manga, que cada vez suena con más fuerza.  

El encargado se acerca. Se pone detrás suyo. Le dice que ya basta, mientras mueve la cabeza hacia los dados, como indicándole que ya ha tenido bastante paciencia con él. El de rizos asiente, comprensivo. Se levanta y da vueltas entre las filas de estanterías. Coge varios libros de forma aleatoria, los mira con desgana y los vuelve a dejar en las estanterías. En lugar de devolverlos a su sitio, los deja en cualquier lado. Repite el proceso durante unos veinte minutos hasta que llega a la parte donde están los periódicos. Hay varios periódicos expuestos en una estantería de metal giratoria parecida a un perchero. 

El de rizos gira el perchero y coge uno. Acerca la nariz a la portada, lo huele y se sienta en una butaca. Yo estoy sentada detrás suyo así que puedo ver lo que lee. Ha cogido Libération. Lo abre cautelosamente, observa los artículos. Gira las páginas muy despacio. Aunque, en menos de un minuto, ya ha llegado a la parte de los sudokus. Está claro que no está leyendo nada. Solo mueve las hojas con esmero y las observa desde lejos. Tiene los brazos ligeramente estirados y la cabeza erguida. Parece que intenta imitar a las personas que leen con atención en las butacas de enfrente. 

Acaba de devolver su primera lectura. Ahora lee Le Monde. Se escucha a un niño llorar al otro extremo de la sala. El de rizos va por la página del tiempo. El bebé llora tan desesperadamente que toda la sala se gira y enfila sus ojos hacia el carrito. El de rizos es el único que no se gira. Acerca sus mejillas a las hojas secas y lisas del periódico y se frota con fuerza. Restriega sus mejillas con rapidez. Mueve de manera ansiosa toda la cara. La gira de un lado a otro. Cada vez más fuerte. Restregándose. Parece que está masturbándose con el periódico. Yo abro los ojos de forma exagerada. Enmudezco. El bebé deja de llorar. En cuanto cesan sus berridos, el de rizos deja de restregarse. Saca ligeramente la lengua y se humedece los labios. Parece reconfortado. Se levanta y se dirige de nuevo al perchero.

Coge otro. Lo huele con más ahínco. Pega fuerte su nariz contra la cubierta. El ruido que hace al sorber da grima. Este no lo abre sino que arranca varias páginas y dobla una con cuidado. Acaba de girar la cabeza. Me clava la mirada como un cuchillo. Me ha pillado mirándole. Me guiña un ojo. Creo que acaba de indicarme que va a hacer algo. ¿Acaso me quiere hacer cómplice de su trastada? ¿Quizá de su crimen?
Me pongo un poco nerviosa pero considero que es mejor no hacer nada. 
 
Se acaba de levantar y ahora camina hacia el medio de la biblioteca. Se aclara la garganta y pide atención. Sujeta las hojas que ha arrancado del periódico. Conforman una especie de sobre. Acaba de hablar.  Me sorprende su voz. Es asombrosamente aguda, como la de una niña. Pide una limosna. Nadie le responde así que dice que es para comprarse un libro. Su rostro está tenso y rojo, como el de un recién nacido. El encargado levanta la mirada de la pantalla de su ordenador. Le mira entre resignado y aburrido. Le dice que si guarda silencio tendrá más posibilidades de que le den algo. 

De pronto la cara del encargado cambia por completo. La furia le sube por las mejillas. Se acaba de dar cuenta de que el papel que sostiene el de rizos es el del periódico de esta semana. El encargado se levanta ansioso de su silla. Enfila el pasillo hasta el perchero de la prensa. Coge el que está roído, lo enrolla como puede y con el rulo alzado en el aire, se dirige hacia el de rizos dando grandes pasos. Le golpea varias veces. A la puta calle, le dice gritando, a la puta calle, asqueroso. 

El de rizos se gira. Me mira de nuevo. Me ha vuelto a guiñar el ojo. Desde lejos me susurra que se ha salido con la suya. 




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