Vacíos
Lo difícil es estar solo. Aguantar nuestra propia voz durante un día.
No me escucho más que a mí misma. Mi voz me parece una motosierra, el ventilador del horno.
Tendría que callarme. No debería agobiarme, y sin embargo.
Me cuesta sostenerme.
El ajetreo da tanto de sí que nos podemos tirar años narcotizados, sin hablarnos de verdad, sin pararnos a pensar.
No es sencillo tirarse todo el día con el runrún. Hay que encontrarse desprovisto de compañeros de trabajo, de amigos, de familia, de mascota. Tal vez debamos encontrarnos en una ciudad desconocida, en una celda, o encerrados en un ascensor. La dependencia social que tenemos.
Quizás esta sea sutil, pero.
No veas lo que pesa. Encontrar una tarima a la que agarrarme me resulta más trabajoso que separar los arándanos de las hojas. Me tambaleo entre la fuerza, la angustia y el vacío. En ese orden.
Mis pensamientos nunca alcanzan a tapar el remiendo sobre remiendo que se trae mi cabeza. Encontrar la dichosa tarima. Pero, claro, sigo sola, escuchándome (a estas alturas leyéndome incluso)
Y como sé que nadie me va a tirar una cuerda, me cago. Cobarde, me amedranto y empiezo a pensar en el narcótico más adecuado para colmarme.
Una película, un podcast, un vino, un porro, un bombón. Todo me vale con tal de callarme un rato.
Qué pena, justo ahora que se ponía interesante, lo he echado todo a perder. Igual que cuando estoy a punto, no he logrado sostenerme.

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